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Y, sin embargo, me muero mayo 6, 2007

Posted by Closto in Casus, Littera, Themae personales.
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Ayer salí con unos desconocidos. Entre ellos, dos caras conocidas y una que ya había visto pero sólo un par de veces antes. Esa noche dejé todo atrás y me lancé con intenciones de darlo todo por no parece un simple adorno en una silla de mimbre plastificado. Salí feliz, a prisa también. Me esperaron amablemente y no me reprocharon nada cuando me vieron llegar unos minutos más tarde de la hora acordada.  No anduve con la cabeza caída, y tampoco podía permitírmelo.

Acabamos aterrizando en el Yamiké, un bar con un nombre muy extraño. Pensé que tal vez fuera una palabra extranjera. El ambiente era pútrido, asqueroso y blanco por contaminación, pero la música era buena: Cher, Celtas Cortos… AL menos 3 veces sonó el para mí siempre inolvidable “20 de abril”. Sí, se repiten, pero, bueno, teniendo en cuenta que había más humo ahí encerrado que gente en todos los bares de San Sebastián, creo que no es un mal tan malo.

Aparte de que por el humo hube de abandonar el local 3 veces y de que las horas que pasé ahí acortaron mi vida considerablemente (yo maldigo ese humo nefasto y mortal), la cosa fue bien. Llegaron unas amigas (por supuesto, no conocía a nadie de los que aparecieron luego salvo una que ya os diré), pareja, lesbianas las dos, o al menos una de ellas, cuyos nombres son Marta y Maddalen. A las dos mando un beso y un abrazo enormes, aunque sé que no lo van a leer. Eran las dos muy extravertidas y alegres (muy joviales, muy gays), y se portaron genial conmigo desde le primer momento. Lo que más siento es no haber sido capaz de haber hablado más con ellas.

Un rato más tarde apareció otra chavala; Amaia creo que tenía por nombre. No intercambié con ella más de 10 palabras en toda la noche. Miento, tuvimos una pequeña conversación aparte del “encantado de conocerte” y el “diviértete y ya nos veremos” que no duró más de diez segundos. Eso ya son más de 10 palabras.

Y para cerrar la lista de invitados, llegó Erdoitza, vieja amiga del instituto con su novio barcelonés. Se me olvidó comentar que Marta se paró a hablar con mucha gente, pero ellos no figuran en la lista puesto que sólo eran conocidos suyos y, obviamente, no se sumaron al grupo.

El humo ya la borrachera (algunos ya estaban en un mundo rosa, o al menos llamando a su puerta -ejemplo: rafa-) salieron de ese bar maldito con algunos de los que ahí estaban (yo salí con Maddalen a bailar al son de “Aire”, de Mecano, lejos del alcoholismo)  mientras nos dirigíamos al Convento, un lugar donde rezar a Dios, que no era ni mucho menos el cristiano. En ese diminuto espacio consagrado a un dios apartado y odiado, pequeño vigilante de los proscritos, el humo estaba disimulado. Afortunadamente, no tanta gente fumaba. La música incitaba a bailar a medida que las canciones, clásicos y novedades, sonaban. No me atrevía a meterme entre las parejas, perfectamente divididas, salvo por Rafa y por mí, aunque cada uno iba por su lado: él, besucón, buscaba las bocas de sus amigos, yo, perdido, bailaba y me paraba a mirar el lugar, la gente y ese grupo que tan extraño, tan nuevo,  me parecía. Excepto por las veces que Maddalen se me acercaba y nos poníamos a bailar, la división de “de dos en dos” fue la tónica de la noche. En ese momento fue cuando me puse a pensar.

En un pequeño cubo donde la mayor parte de bailarines eran hombres, perdidos en un rincón del casco viejo, un nimio grupo de personas bailaba en un pequeño trozo de pista. Los miembros buscaron su compañía, ya predefinida, mientras que uno se encontraba fuera de lugar. Aprendí el simple mecanismo del sexo instantáneo (aunque no por experiencia propia o ajena), y pensé que yo nunca llegaría a estar así porque nunca hasta ahora he sido capaz de traspasar la fina pared de papel que separa el pasivismo vergonzoso del estado medio que toda persona normal alcanza con el mínimo esfuerzo y la sabiduría legendaria de la especie humana años antes de tener siquiera mi edad.

Y no sé si es la tontería del momento o es una constante real que se repite tantas veces como veces os veis obligados a leer artículos como éste. Puede que las dos incluso, o ninguna. ¿Quién sabe? Yo no. Yo sólo sé lo que sé, que bien poco es, y bien poco caso le hago.

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