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Cien años de soledad en un mes de desgarro octubre 29, 2006

Posted by Closto in Libri.
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No se me ha ocurrido ningún título ingenioso para este artículo. He pensado un poco y no he sabido trastrocar el sagrado nombre de la obra de Gabriel García Márquez, así que al poco determiné que lo sacro debe permanecer inmutable. Y así he decidido que se quedara, describiendo cual titular de prensa lo que quería dar a conocer a todo el mundo. ¡Porque estoy enamorado! No, no he encontrado a ese chico de mis sueños con el que siempre querré compartir mi vida. Me he enamorado de un párrafo. Exacto. Entre los ríos de historias cruzadas y eternas costumbres narradas en esa genial obra llamada Cien años de soledad he encontrado un trozo que de verdad me pone la piel de gallina, los pelos de punta, el corazón el la garganta y las lágrimas en los ojos.

Bueno, sólo quiero comentar ahora que me parece una de la más bellas partes de toda la literatura universal y que mi deseo es hacer con este artículo un pequeño homenaje (y una gran publicidad, ¿para qué nos vamos a engañar?) a la archiconocida obra. Deseo ferviertemente consagrarle como ofrenda al Sr. Márquez el mayor de los agradecimientos que puedo dar por el libro y jurarle amor eterno a la historia de esta familia, los Buendía, que vieron como su imperio, poderoso y singular, recorría la trayectoria de todos los imperios, tanto los grandes como los insignificantes, los que pasan a los libros de historia y los que quedan en la mente de los dioses olvidados, recorren: la senda de la miseria a través de la gloria absoluta. Y es que este montón de hojas tienen que ser leídas sólo para releerlas una y otra vez.

Para terminar, he de aclarar que, como leer el párrafo solo no te hace sentir toda la fuerza que tiene (mira, de algo me sirvieron las clases de la Srta. Vallano: “todo es con relación a lo demás”), voy a copiar el párrafo precedente (más las palabras de Amaranta) y el sucesivo (el que nos concierne lo transcribiré personalmente) para que podáis captar todo su jugo. Eso sí, recordad que mi amor estará en el centro, romántico y cruel, fuerte y lastimero, de amor, llanto, sangre y desgarros, a un pinchazo de distancia. Seguid leyendo y enamoraos.

“Amaranta y Pietro Crespi, en efecto, habían profundizado en la amistad, amparados por la confianza de Úrsula, que esta vez no creyó necesario vigilar las visitas. Era un noviazgo crepuscular. El italiano llegaba al atardecer, con una gardenia en el ojal, y le traducía a Amaranta sonetos de Petrarca. Permanecían en el corredor sofocado por el orégano y las rosas, él leyendo y ella tejiendo encaje de bolillo, indiferentes a los sobresaltos y las malas noticias de la guerra, hasta que los mosquitos los obligaban a refugiarse en la sala. La sensibilidad de Amaranta, su discreta pero envolvente ternura habían ido urdiendo en torno al novio una telaraña invisible, que él tenía que apartar materialmente con sus dedos pálidos y sin anillos para abandonar la casa a las ocho. Habían hecho un precioso álbum con las tarjetas postales que Pietro Crespi recibía de Italia. Eran imágenes de enamorados en parques solitarios, con viñetas de corazones flechados y cintas doradas sostenidas por palomas. «Yo conozco este parque en Florencia -decía Pietro Crespi repasando las postales-. Uno extiende la mano y los pájaros bajan a comer.» A veces, ante una acuarela de Venecia, la nostalgia transformaba en tibios aromas de flores el olor de fango y mariscos podridos de los canales. Amaranta suspiraba, reía, soñaba con una segunda patria de hombres y mujeres hermosos que hablaban una lengua de niños, con ciudades antiguas de cuya pasada grandeza sólo quedaban los gatos entre los escombros. Después de atravesar el océano en su búsqueda, después de haberlo confundido con la pasión en los manoseos vehementes de Rebeca, Pietro Crespi había encontrado el amor. La dicha trajo consigo la prosperidad. Su almacén ocupaba entonces casi una cuadra, y era un invernadero de fantasía, con reproducciones del campanario de Florencia que daban la hora con un concierto de carillones, y cajas musicales de Sorrento, y polveras de China que cantaban al destaparías tonadas de cinco notas, y todos los instrumentos músicos que se podían imaginar y todos los artificios de cuerda que se podían concebir. Bruno Crespi, su hermano menor, estaba al frente del almacén, porque él no se daba abasto para atender la escuela de música. Gracias a él, la calle de los Turcos, con su deslumbrante exposición de chucherías, se transformó en un remanso melódico para olvidar las arbitrariedades de Arcadio y la pesadilla remota de la guerra. Cuando Úrsula dispuso la reanudación de la misa dominical, Pietro Crespi le regaló al templo un armonio alemán, organizó un coro infantil y preparó un repertorio gregoriano que puso una nota espléndida en el ritual taciturno del padre Nicanor. Nadie ponía en duda que haría Amaranta una esposa feliz. Sin apresurar los sentimientos, dejándose arrastrar por la fluidez natural del corazón, llegaron a un punto en que sólo hacia falta fijar la fecha de la boda. No encontrarían obstáculos. Úrsula se acusaba íntimamente de haber torcido con aplazamientos reiterados el destino de Rebeca, y no estaba dispuesta a acumular remordimientos. El rigor del luto por la muerte de Remedios había sido relegado a un lugar secundario por la mortificación de la guerra, la ausencia de Aureliano, la brutalidad de Arcadio y la expulsión de José Arcadio y Rebeca. Ante la inminencia de la boda, el propio Pietro Crespi había insinuado que Aureliano José, en quien fomentó un cariño casi paternal, fuera considerado como su hijo mayor. Todo hacía pensar que Amaranta se orientaba hacia una felicidad sin tropiezos. Pero al contrario de Rebeca, ella no revelaba la menor ansiedad. Con la misma paciencia con que abigarraba manteles y tejía primores de pasamanería y bordaba pavorreales en punto de cruz, esperó a que Pietro Crespi no soportara más las urgencias del corazón. Su hora llegó con las lluvias aciagas de octubre. Pietro Crespi le quitó del regazo la canastilla de bordar y le apretó la mano entre las suyas. «No soporto más esta espera -le dijo-. Nos casamos el mes entrante.» Amaranta no tembló al contacto de sus manos de hielo. Retiró la suya, como un animalito escurridizo, y volvió a su labor.

-No seas ingenuo, Crespi -sonrió-, ni muerta me casaré contigo.

Pietro Crespi perdió el dominio de sí mismo. Lloró sin pudor, casi rompiéndose los dedos de desesperación, pero no logró quebrantarla. “No pierdas el tiempo”, fue todo cuanto dijo Amaranta. “Si en verdad me queires tanto, no vuelvas a pisar esta casa”. Úrsula creyó enloquecer de vergüenza. Pietro Crespi agotó los recursos de la súplica. Llegó a límites extremos de humillación. Lloró toda una tarde en el regazo de Úrsula, que hubiera vendido el alma por consolarlo. En noches de lluvia se le vio merodear por la casa con un paraguas de seda, tratando de sorprender una luz en el dormitorio de Amaranta. Nunca estuvo mejor vestido que en esa época. Su augusta cabeza de emperador atormentado adquirió un extraño aire de grandeza. Importunó a las amigas de Amaranta, las que iban a bordar en el corredor, para que trataran de persuadirla. Descuidó los negocios. Pasaba el día en la trastienda, escribiendo esquelas desatinadas, que hacía llegar a Amaranta con membranas de pétalos y mariposas disecadas, y que ella devolvía sin abrir. Se encerraba horas y horas a tocar la cítara. Una noche cantó. Macondo despertó en una especie de estupor, angelizado por una cítara que no merecía ser de este mundo y una voz como no podía concebirse que se hubiera otra en la tierra con tanto amor. Pietro Crespi vio entocnes la luz en todas las ventanas del pueblo, menos la de Amaranta. El dos de noviembre, día de todos los muertos, su hermano abrió el almacén y encontró todas las lámparas encendidas y todas las cajas musicales destapadas y todos los relojes trabados en una hora interminable, y en medio de aquel concierto disparatado encontró a Pietro Crespi en el escritorio de la trastienda, con las muñecas cortadas a navaja y las dos manos metidas en una palangana de benjuí.

Úrsula dispuso que se le velara en la casa. El padre Nicanor se oponía a los oficios religiosos y a la sepultura en tierra sagrada. Úrsula se le enfrentó. «De algún modo que ni usted ni yo podemos entender, ese hombre era un santo”, dijo. Así que lo voy a enterrar, contra su voluntad, junto a la tumba de Melquíades.» Lo hizo, con el respaldo de todo el pueblo, en funerales magníficos. Amaranta no abandonó el dormitorio. Oyó desde su cama el llanto de Úrsula, los pasos y murmullos de la multitud que invadió la casa, los aullidos de las plañideras, y luego un hondo silencio oloroso a flores pisoteadas. Durante mucho tiempo siguió sintiendo el hálito de lavanda de Pietro Crespi al atardecer, pero tuvo fuerzas para no sucumbir al delirio. Úrsula la abandonó. Ni siquiera levantó los ojos para apiadarse de ella, la tarde en que Amaranta entró en la cocina y puso la mano en las brasas del fogón, hasta que le dolió tanto que no sintió más dolor, sino la pestilencia de su propia carne chamuscada. Fue una cura de burro para el remordimiento. Durante varios días anduvo por la casa con la mano metida en un tazón con claras de huevo, y cuando sanaron las quema duras pareció como si las claras de huevo hubieran cicatrizado también las úlceras de su corazón. La única huella externa que le dejó la tragedia fue la venda de gasa negra que se puso en la mano quemada, y que había de llevar hasta la muerte”.

Comentarios»

1. luis daniel - noviembre 29, 2006

queiro saber cual es su especie de la obra

2. Closto - noviembre 29, 2006

Luis, no sé exactamente a qué te refieres, pero si lo que necesitas saber es a qué corriente pertenece, te recordaré que se trata del realismo mágico, muy trabajado en América. Éste es un ejemplo magistral de ese movimiento. En cualquier caso, no hay nada como leer el libro para sentir por uno mismo lo que transmite.

^^ Gracias por pasarte y dejar un comentario.

3. esther - marzo 31, 2007

holas amor te extraño mas q nunca aora asm q nnca te nesesito

4. jesus manuel - julio 4, 2007

esta obra magnifica es tan linda que a mi tambien me dejo un gran legado de enseñanza aun recuerdo los pasajes de la obra y me da mucha felicidad que no solo yo la haya leido si no bastantes personas es bueno saber que aun hay interes en la lectura y en nombre de mi arequipa querida les deseo lo mejor para todos los que leen y tambien para los que no lo hacen porque de alguna forma leeran las cuentas de sus hijos gracias,atte/jesus.

5. Closto - julio 4, 2007

Gracias por tu opinión, Jesús. Por mucho que se empeñe la gente, “Cien años de soledad” fue, es y será una obra de arte imborrable. Gracias a Dios y a Márquez.

6. Cristian Cortes - julio 7, 2007

No olvidemos que es en todo caso una oda a la realidad histórica latinoamericana. Nos ancla a esas tierras mágicas de las que provenimos en donde efectivamente la fantasía se confunde con la realidad. Esperemos que no sea el destino de estas olvidadas tierras sucumbir por un pecado inevitable al apetito de las hormigas veraniegas, pero peor aún, perecer al calor del olvido, la amnesia y a la fuerza de un vendaval bíblico y divino…

7. franco - septiembre 22, 2007

la neta ami no me gusto ese libro se m hace komo muy revuelto pero bueno lo tuve k leer por k me encargaron leerlo de tarea

8. Closto - septiembre 22, 2007

Bueno, para gustos hay libros. No a todos les gusta, de hecho, a la mayoría de mis amigos no les gusta.😉 Gracias por la opinión.

9. emiilyjonaas(: - marzo 11, 2009

aww.. graciiaas pr poner ese pedazo de la novela, realmente me sirvio(:

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